¿Dónde están?¿Quién les busca? Desaparecidos…

“No trates de evitar mis lágrimas. Verme llorar puede ser duro para ti. Llorar es bueno para mí, por favor trata de sentarte a mi lado y dejarme llorar. No me digas que lo deje atrás, que olvide y siga adelante con mi vida. Ésta es mi vida. Necesito hacer el duelo. Necesito no olvidar, solo encontrar la manera de recordar en paz”.

Éste es el primer capítulo de un reportaje dedicado a Cristina Bergua Vera desaparecida en Cornellá del Llobregat (Barcelona) el 9 de marzo de 1997 y a todas aquellas personas desaparecidas sin motivo aparente.

Capítulo 1. El primer día que conocí a Luisa

La primera vez que conocí a Luisa Vera fue en las terceras Jornadas técnicas de personas desaparecidas sin motivo aparente, el día 6 de noviembre. A Juan Bergua, le había conocido tres días antes, y fue él quién muy amablemente me invitó.

Luisa se sentó en la última fila a mi lado. Al principio no sabía con certeza si era ella. A su lado, estaban su nuera y su nieta. Yo la miraba de reojo, me sorprendió su entereza. Con el tiempo me daría cuenta que no era entereza sino sufrimiento y resignación de una madre que sigue esperando a su hija.

La sala estaba crispada y muchos de los familiares enfadados. La situación de los desaparecidos en España no parece cambiar. Luisa estaba atenta a lo que decían los ponientes, quién sabe si pensó que nada nuevo.

Era martes 14 de diciembre. Llamé al timbre y una voz aniñada me contestó:

— ¿Sí, quién es?

— ¿Luisa? Soy Sara.

Desde 1997 su vivienda ha sido la misma, un cómodo piso en un barrio de Cornellá del Llobregat. El barrio es como cualquier otro, con las típicas tiendas, algún que otro bazar chino y locutorios. Eran las cinco de la tarde y las calles estaban llenas de gente, niños que salían del colegio y tráfico, mucho tráfico. La calle dónde viven es estrecha y va a parar a la carretera de Esplugues. Subí por el ascensor y llamé a la puerta.

Luisa me abrió con una sonrisa entrecortada. Se había arreglado, llevaba un vestido con unas medias a juego. Me hizo sentir importante. Nunca le pregunté su edad, pero imaginé que rondaba entre los cincuenta y sesenta. Su rostro refleja el paso de trece años de sufrimiento, pero también la esperanza. Era frágil y a la vez fuerte.

Me hizo pasar a una sala pequeña con fotos de familia, una mesita y un sofá, dónde Luisa y yo nos pusimos a hablar. En aquel momento me sentí incomoda, pensé que quién era yo para arrebatarle sus recuerdos, con qué fin lo estaba haciendo.

—El 9 de marzo de 1997 desaparece tu hija, Cristina. ¿Qué ocurrió ese día? — pregunté.

—Si quieres que hable más fuerte me lo dices—dijo con voz dulce—. El 9 de marzo de 1997 era un domingo cualquiera acabamos de comer y nos fuimos a dar un paseo. Yo la vi contenta, como cada día, no noté nada diferente. Estuvimos comiendo y por la tarde me marché con mi marido y le pregunté: “Pitu, ¿no vas a salir hoy? “Sí mamá, estoy esperando a que vosotros os marchéis para arreglarme tranquilamente”. Estaba tocando la guitarra encima de la cama de mi hijo, y escuchando música. Por la noche, estábamos viendo la televisión. Al ver que ella no llegaba, mi marido dijo “¡Qué raro que no haya llamado la niña!”. A las diez y cinco nos pusimos nerviosos porque no había llamado ni había venido. Ahí empezó nuestra lucha.

Continuará…

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